sábado, 23 de julio de 2011

QUEREMOS UN PARTIDO IGUALITARIO


El valor de la igualdad ha caracterizado parte de las aspiraciones morales de la sociedad moderna. Sin embargo, esas proclamas de igualdad no siempre se ven satisfechas en la práctica. Las divisiones y las discriminaciones entre los seres humanos no han desaparecido de nuestro entorno, y hasta cierto punto se han agudizado y ampliado. Por ello, muchos empiezan a pensar que la igualdad entre los seres humanos es una utopía sin base real, fruto de corrientes ideológicas y, con ello, se resignan a tolerar, e incluso a justificar, las divisiones y desigualdades sociales.

Es necesario, por tanto, robustecer el ideal de la igualdad desde bases sólidas y realistas, que no generen falsas esperanzas, pero que movilicen adecuadamente la responsabilidad moral de las personas. La dignidad personal constituye el fundamento de la igualdad de todos los hombres entre sí. De aquí que sean absolutamente inaceptables las más variadas formas de discriminación que, por desgracia, continúan dividiendo y humillando la familia humana.

En razón de su dignidad humana, de su condición personal, del amor singularmente derramado por Dios en cada ser humano, se puede afirmar de modo realista la igualdad de todos los seres humanos. No es una conquista de los poderosos: es un regalo de Dios, que exige que lo reconozcamos fielmente y que actuemos en consecuencia. Las discrminaciones son injusticias completamente intolerables, no tanto por las tensiones y conflictos que acarrean en la sociedad sino sobre todo «por el deshonor que se inflige a la dignidad de la persona, y no sólo a la dignidad de quien es víctima de la injusticia, sino todavía más a la de quien comete la injusticia».

Quien humilla a su prójimo más débil, quien actúa con prepotencia, quien margina al indefenso, ofende y daña a las víctimas de su acción. Pero todavía se denigra más a sí mismo, pues está traicionando su propia dignidad, que sólo florece y se refuerza cuando se cuida y se protege a los otros más pequeños como a nosotros mismos.

Al ser el fundamento de la igualdad entre todos los hombres la dignidad personal es también «el fundamento de la participación y la solidaridad de los hombres entre sí». Los seres humanos expresan su igualdad a través del diálogo y de la comunión interpersonal como modos de enriquecerse mutuamente y de ayudarse en el mutuo crecimiento. La verdadera participación social y la auténtica solidaridad no dependen tanto del tener como del ser, pues la disposición hacia el bien común depende más de la calidad humana y de las virtudes de las personas, que de la acumulación de riquezas y técnicas por sí mismas.

Cuando se considera y se pondera adecuadamente que «la dignidad personal es la propiedad indestructible de todo ser humano» y que ello es consecuencia de la unicidad y de la irrepetibilidad de cada persona, se ponen bases adecuadas para construir una verdadera igualdad entre los seres humanos. Al margen de esta verdad, las pretensiones de igualdad pueden resultar falsas, engañosas y hasta nocivas, pues una igualdad sin dignidad, allí donde se ha buscado en el pasado y se sigue buscando en nuestros días, genera el más inhóspito de los totalitarismos.

CAMARADAS es necesario asumir un compromiso con el valor de la igualdad entre los seres humanos, siempre que ésta sea sinónimo del reconocimiento de su dignidad. Sabe que la manera más eficaz de promoverlo y propugnarlo es conseguir que las personas reconozcan su propia dignidad. Y entiende que ese reconocimiento sólo se produce verdaderamente cuando se pone al servicio de los demás. O HAY PATRIA PARA TODOS O NO HABRÁ PARA NADIE.