miércoles, 13 de octubre de 2010

tercera via

En los últimos tiempos, la llamada Tercera Vía está de moda en nuestro país, la búsqueda de una vía intermedia entre dos puntos del espectro político ni es una novedad ni ha significado siempre lo mismo. En la Europa de la post-revolución francesa, el liberalismo doctrinario aparecía como una tercera vía entre la reacción y el radicalismo. En la de finales de siglo, el corporativismo católico se ofrecía como un punto medio entre el capitalismo y el socialismo y, en la de entreguerras, los movimientos fascistas se definían como una alternativa al decadente demoliberalismo y al comunismo.


La esencia de la tercera vía se reduce a una cuestión: cómo se interpreta y se gestiona desde la izquierda y desde la derecha el consenso ideológico o las ideas dominantes existentes en una sociedad. Estas suelen ser el resultado de la actuación de políticos de oferta, es decir, aquellos cuyas ideas desafían aspectos básicos del statu quo político, cultural, social y económico vigente en un momento determinado, logran la aceptación de sus propuestas por la mayor parte de la población y de esta forma dan lugar al nacimiento de un nuevo consenso o paradigma, que condiciona durante un largo período de tiempo los contenidos de las ofertas programáticas, de las fuerzas políticas, con vocación de convertirse en gobierno.

En este contexto, los políticos de la tercera vía siempre son administradores, más o menos competentes, de un consenso forjado por las ideas de otros. Por ello, la bondad o maldad de sus actuaciones dependerá de la bondad o maldad de las ideas dominantes, ya que son gestores de la opinión, no creadores de ella.

Por otra parte, en las democracias, las ideologías casi nunca logran imponer la totalidad de su ideario. En este sentido, todos los regímenes son mixtos y en ellos conviven y se plasman visiones distintas sobre la organización social, económica y política. En este contexto, el tema fundamental es cuál es el componente principal de la mezcla, el núcleo central de ideas alrededor del cual los partidos con vocación de mayoría articulan sus programas.

El derrumbamiento del socialismo real y la crisis de la socialdemocracia han desplazado el consenso hacia los principios del liberalismo, es decir, hacia la conversión del mercado en el principio básico de articulación del orden social. Ahora, la cuestión no es cuánto mercado sino cuánto Estado. Este fenómeno es independiente del color político de los gobiernos. De la misma manera que, durante décadas, la derecha aceptó la sustancia de los planteamientos estatistas para llegar al gobierno, la izquierda de finales de siglo se ve forzada a asumir la base del discurso liberal si desea alcanzar el poder y mantenerse en él.

Los programas socialdemócratas comenzaron a implantarse en una economía europea destruida por la guerra, en pleno boom de natalidad y bastante cerrada al exterior. En ese entorno era posible crecer y, a la vez, desarrollar ambiciosos programas sociales con una presión fiscal y una intervención estatal crecientes, ya que los costes de esas iniciativas sólo se materializaron décadas más tarde cuando el sistema alcanzó su madurez. Sin embargo, las condiciones que hicieron posible la construcción de ese modelo han desaparecido, y éste no puede sobrevivir en el entorno de la globalización. La solución automática de la izquierda a todos los problemas, conceder más poder al estado, no funciona.

A la hora de la verdad, la Tercera Vía  es un diagnóstico brillante y a veces demoledor de la vieja izquierda en sus dos versiones, la blanda socialdemócrata y la dura comunista. Sin embargo, sus planteamientos positivos, sus formulaciones políticas concretas o son simples reescrituras de los programas liberales clásicos o son vagas declaraciones de principio sin contenido real alguno. Así pues, la nueva izquierda se mueve en el plano doctrinal entre el plagio y el vacío lo que, si bien puede desilusionar a los doctrinarios, resulta muy tranquilizador para los ciudadanos de a pie que, a lo largo del siglo xx, han experimentado en sus carnes los diversos experimentos socialistas. Lo mejor de la Tercera Vía, junto a su aceptación de las bases del discurso liberal, es su magnífico uso del marketing. Resuelve cualquier grave problema de definición, añadiendo al sustantivo problemático el adjetivo "nuevo" y ya está.