viernes, 13 de agosto de 2010

El peligro del populismo está de nuevo entre nosotros.


 Un populismo que, por definición, pretende una sociedad sin contradicciones, sin disenso y sin pluralidad. Un populismo donde todo debe confluir en un poder que anhela la hegemonía y se resiste a la competencia y la crítica.


En algunos momentos el bien común exige renuncias y abnegaciones. Y el bien común es el objetivo que debe movernos si realmente abrigamos un genuino sentimiento de patria. Todos sabemos cuánto les ha costado al Pueblo forzar cambios constitucionales para introducir apetencias reeleccionistas.

Con un Poder Judicial en gran medida dependiente del poder político, ineficiente y corporativo; con un Poder Legislativo abúlico o sumiso al extremo, ¿quién pondrá controles y asegurará la calidad del poder que ejerce el Ejecutivo?

Amar al país supone pensar la política con grandeza. Y esa actitud moral no abunda hoy, por cierto, en la clase dirigente.

Si la prudencia, como querían los clásicos, es la gran virtud del gobernante, tenemos mucho por modificar y mejorar. Siempre se está a tiempo de lograrlo, pero es indispensable una firme voluntad política de marchar en esa saludable dirección. No se avanza hacia esa meta cuando se desdeña la prudencia y se la sustituye con los arrebatos y las provocaciones innecesarias. Tampoco se va en esa dirección cuando se vive la política como una carrera para acumular más y más poder.

Es hora de que se encare la vida pública como un gran esfuerzo estratégico dirigido hacia el porvenir y enfrentado con grandeza de ánimo. Es decir, con la auténtica y sincera determinación de construir una Venezuela mejor.