jueves, 12 de agosto de 2010

EN 12 años de revolucion se han perdido los principios de izquierda

La izquierda como proyecto ético-cultural y político-social supone convicción. Ocupa un lugar en el mundo de las ideas, de los principios, si se desplaza deja el hueco, queda un vacío. Hoy se vive este fenómeno ideológico y político. Ocupar su sitio es difícil. Sin embargo, quienes originariamente lo hicieron, y hoy siguen pensando que la representan, se llevaron consigo parte del mobiliario, de la historia, de la representación, y ahora pretenden quemar la casa, declararla en ruina o directamente demolerla. Y si no logran ninguno de los tres objetivos, la desmantelan y buscan reconstruirla acorde a los mandatos exigidos por sus nuevos socios, la derecha, en el barrio rico, para cumplir nuevas funciones.

Pero es otra casa, sirve otros intereses y alberga otros inquilinos. No hay nadie de izquierda en ella, entre otras cosas porque no es una casa de izquierdas.

Por mucho que se declamen y se rasguen las vestiduras, en ello estriba el dilema. Han perdido la dignidad, o lo que es lo mismo, el respeto a los demás. En un continuo rebajar los principios en pos de una vida fácil y cómoda que les permite inhibir la conciencia y acoplar sus ideas al social-conformismo. En sus redes justifican cualquier tipo de acción inhibitoria de la conciencia. Un ejemplo, el extremo de apoyar la derecha más reaccionaria y tradicionalista, bajo el concepto de voto útil.

Ser de izquierda es una ética de vida cuya dimensión social supone luchar contra la explotación, por la justicia social, la democracia radical, la reforma agraria, el salario digno, la educación gratuita, el socialismo y la liberación. Nada puede justificar desplazar los principios de la izquierda en pos de gobernar. La alternativa de la izquierda sigue antimperialista y anticapitalista. Por ende, una izquierda en el siglo XXI sin principios sigue sin ser izquierda.